sábado, octubre 04, 2008

EL VIAJE

EL VIAJE

 

 

         A la salida del trabajo no tenía ni idea de que era lo que iba a hacer esa tarde. Era una simple tarde más, era miércoles, era a primeros de junio, el verano dejaba ya ver sus intenciones y en la ciudad pocos eran ya los que iban de manga larga. Las jóvenes dejaban al descubierto sus piercings y los jóvenes dejaban al descubierto sus miradas lascivas.

         Salgo como siempre de mi oficina en un edificio del centro de la capital y me dirijo como siempre hacia la boca del metro. Dentro del metro, que quieren que les cuente, lo de siempre, caras largas, gente, caras de cansancio, más gente, cada uno a su aire y pensando en sus cosas, unos dormían, otros leían, gente, como tú y como yo, en su mundo, vuelven a la realidad cuando llega su parada. Mientras llega la mía empiezo a barajar la posibilidad de irme de viaje por unos días.

No estaría nada mal - pienso- además podría irme a un sitio tranquilo a relajarme y a leer esos libros que me regalaron que aún tengo pendientes desde reyes. Podría esta misma tarde mirar en internet a ver que ofertas encuentro.

De vuelta a la realidad, llega mi parada, Noviciado, como siempre salgo por la misma puerta, salida a la calle Pez, siempre me encuentro con el mismo vendedor ambulante con esos horrorosos calcetines de lana en la mano, intentando colocárselos a alguien, ¿no se dará cuenta que no se llevan? ¿No se dará cuenta que estamos en Junio?

¿Refrescar? ¿Que  aún puede refrescar? - le decía el infatigable vendedor a un ingrato transeúnte-

Algún día puede que refresque, pero alguien que se ponga eso en esta época...pocos, muy pocos - le contesté al cuello de mi camisa.

Sigo camino. Mi casa está justo delante de una librería especializada en viajes, así que me paro delante del escaparate a ver si me viene alguna idea. Viendo las fotos, mapas, guías y demás cosas del mundo de la aventura me doy cuenta que hay un montón de sitios a donde ir y muchísimas cosas que hacer, pero no es mi caso, no tengo ni tanto ni tiempo y ni por supuesto tanto dinero. Así que me subo a mi casa y allí buscaré algo en internet que sea baratito y curiosito.

 

Viernes. Siete de la mañana, mi cuerpo aún desperezándose se encuentra inmerso en una cola de facturación en el aeropuerto Madrid - Barajas. Pero antes de coger el vuelo que sale a las 08:00 AM tengo que hacer una llamada a mi oficina.

 

-         ¿Buenos días? ¿quien eres?

 

Al otro lado del teléfono estaba mi jefe, el Sr. D. "Manías", evito su nombre para que no se pueda sentir ofendido si algún día lee esto. Después de cinco minutos de explicaciones cuelgo el teléfono, justo antes de que me tocara el turno para facturar. ¿La excusa? lo primero que se me vino a la cabeza. Que una antigua novia había tenido un hijo y que me reclamaba una prueba de paternidad, y como yo no quería que esto se supiera iba a realizármela antes de que me denunciara al juzgado, eso sí le apelé a la absoluta y total discreción de D. "Manías".

 

         Dos de la tarde después de un par de horas de retraso en el vuelo por fin llego a mi destino. El día era soleado y corría una brisa encantadora. Las azafatas del vuelo se quedaban mirando con cara de envidia el paisaje, ellas iban de vuelta a la capital.

El mar estaba a los pies del aeropuerto y durante todo el camino en taxi hasta el hotel se veía el mar. El paisaje era totalmente desértico, salvo por algunas palmeras que flanqueaban la carretera lo demás era tierra árida, tierra volcánica.

         El hotel era nuevo, era una nueva concepción minimalista de hospedería. Recién inaugurado, no había mostradores en la recepción, todo era por medio de pantallas táctiles y tu mismo te tenías que hacer el registro. Cuando por fin termino de hacer el registro, ya que me había equivocado en unos pasos y tuve que volver a empezar un par de veces, me sale la tarjeta magnética y me dispongo a ir a mi habitación. Por internet había reservado una pequeña pero acogedora habitación con una pequeña terracita que dejaba ver una vista espectacular, un pequeño islote en el horizonte. De camino a la habitación me encontré a un hombre extraño, cuando vio que me dirigía en su dirección intentó esquivarme, pero como le fue imposible se puso a toser y con su mano se tapó medio rostro. ¿Me conocía? ¿Lo conocía yo? Sin darle más importancia al encuentro abro la puerta de mi habitación y efectivamente estaba todo como había visto en internet. Tonos color garbanzo, una cama pequeña, un discreto armario empotrado, una pequeña ventana a media altura por donde entraba la luz y lo mejor de todo el baño. El baño tenía un yacuzzi delante de un ventanal, al otro lado del ventanal la pequeña terraza con una hamaca de madera para tomar el sol o ver las estrellas. Las vistas eran las mismas que se veían desde la Web. Vamos tal y como estaba anunciado. Con el tiempo me enteré que cuando haces la reserva por la Web, las fotos que salen son las habitaciones originales, así siempre reservas directamente la habitación que quieres, pero eso es otra historia.

Después de deshacer el equipaje no resistí la tentación de probar ese tremendo yacuzzi y desde ahí poder observar al paisaje, lo curioso es que los cristales de la terraza eran de estos que tu ves pero a ti no te ven (es que no se el nombre técnico).

         Eso era lo que realmente buscaba relajación y silencio. Paz y tranquilidad, era un buen momento para intentar acabar de escribir esa larga y vieja historia que había empezado hace ya muchos años. De pequeño mi abuelo me decía que un hombre para sentirse realizado tenía que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Lo primero, lo hice cuando iba a la escuela, como casi todo el mundo durante una excursión a una montaña celebrando el día del árbol. Lo segundo, se había empezado hace unos años, pero sea por falta de interés de la historia, por falta de tiempo y por falta de ganas se había quedado en el olvido, ahora era un buen momento para continuarla o empezar una nueva, ya que siempre me había gustado escribir. Lo tercero, por lo de ahora si no tenía pareja era casi imposible, aunque a mi jefe le hiciese ver lo contrario y gracias a eso aquí estoy. Pero bueno lo importante era poder disfrutar de esa soledad y ese "no se qué, que andaba buscando".

Mientras disfrutaba de ese merecido y relajante baño, empiezo a organizar mentalmente mi estancia  en la isla durante esos días. Un fin de semana no da para mucho, pero estaba dispuesto a disfrutar de ese tiempo, estaba dispuesto a disfrutar de ese viaje hasta el último segundo, me lo merecía, llevaba una mala racha sentimental, personal y laboral. Todo venía provocado por la falta de motivación laboral, al ver como no se apreciaba mi trabajo y todo eso influía en mi estado de ánimo. Desconectar de toda esa mierda era la mejor forma de intentar poner a cero el contador emocional que está dentro de mi cabeza.

El baño me sentó de maravilla, el agua calentita, las burbujas, las vistas, todo era perfecto. Así que decido que para celebrarlo, que mejor que salir a tomar una cervecita en una terracita con algo para llenar mi ya vacío estómago, llevaba desde el aeropuerto sin probar bocado y ya me iba pidiendo algo sólido el cuerpo.

         El hotel era muy moderno  estaba muy bien, pero tanta frialdad en la recepción era algo que no me esperaba, solo esas pantallas táctiles para registrarte, realmente era tranquilo, demasiado tranquilo, tan tranquilo que daba casi miedo quedarse en el hall mucho tiempo, ese espacio tan frío, tan grande, parecía un gran quirófano de hospital con esos focos en los altos techos, y ni tan solo una planta de decoración. En fin, ellos vendían tranquilidad y de eso si que había, demasiado.

         Salgo de mi hotel y enfrente de la entrada tengo un camino de guijarros que conduce hacia un mirador, el mirador está situado en una parte del paseo marítimo del pueblo, enfrente del mirador está el amplio Océano Atlántico, dejando ver en su horizonte la silueta de un islote, a la izquierda el paseo se dirige a varios hoteles, urbanizaciones y a la entrada de un parque natural, yo tomo camino a la derecha que es donde está el pueblo, y donde el paseo marítimo toma vida, lleno de tiendas, cafeterías, restaurantes y vendedores ambulantes.

          Me siento en la terraza de una cafetería y me pido una cerveza bien fría y unas papas con mojo. Me doy cuenta que aquí la actitud de la gente es totalmente distinta, aquí todo el mundo está olvidando sus problemas diarios, o eso parece, me encanta, hace que me olvide aún más de lo que he dejado atrás tan solo hace unas horas. Mientras disfruto de mi cervecita y mi tapita, me distraigo, como quien no quiere la cosa, viendo como la gente pasea, charla, disfrutan del lugar, la verdad es que es un lugar para disfrutar.

         Acabada mi cervecita y mi tapita le digo al camarero que me cobre y que me recomiende un sitio a donde ir. Me dice que si dispongo de vehículo y le digo que no, así que me dice que cualquiera de los locales del paseo marítimo está bien. Agradezco su consejo y mientras paseo voy observando los locales y cuales son sus especialidades. Para ser sinceros creo que en el que me tomé la cerveza era uno de los que mejor pinta tenía, pero por no volver a ir al mismo sitio, decido sentarme en otra terraza, esta un poco más descuidada en su mantenimiento, y espero que no por el servicio.

Me atiende un señor mayor, de unos 55 años y dándome la bienvenida y agradeciéndome la elección del local me recomienda una serie de pescados de la zona que no duda en recitar en tono musical. Me decido por uno que parece que es bien rico que se llama “vieja”, y mientras espero tomando otra cerveza, observo como en la tienda de al lado un hombre de rasgos asiáticos discute apasionadamente con otra persona de su misma raza. No hace falta decir que no me entero de nada, pero lo que me sorprende es que es la primera vez que veo a una persona de esa comunidad discutir en público. En Madrid hay mucha comunidad asiática y son muy reservados, nunca levantan el tono de voz, al menos en público. De ahí mi sorpresa. La gente que pasaba por delante no prestaba mucha atención. La tienda era de fotografía digital y por lo que parecía algo tenía que ver con una cámara de video que este hombre portaba en su mano derecha, ya que no paraba de enseñársela a su compatriota y el reprochado se encogía de hombros y agachaba la cabeza como recibiendo sin discusión tremenda reprimenda en público.

         El camarero me trae un aperitivo mientras esperaba por el pescado y amablemente le pido otra cerveza, al mismo tiempo que le comento desinteresadamente el incidente de los asiáticos. Seria su contestación, “no preste atención, no merece la pena, no son de fiar, mejor que no los mire, no vaya a ser que se sientan ofendidos”. En realidad sólo el que estaba apesadumbrado sabía que lo estaba mirando, ya que el que estaba alterado estaba de espaldas y no podía verme. Por fin viene mi comida y me centro en ese pescado de color negro en la piel, pero delicioso en el paladar.

Cuando hube terminado con la comida, me pido un café y comienzo a retomar la vista en el paseo, los asiáticos ya habían terminado su espectáculo y yo sin ver el final, la verdad es que tenía tanta hambre y estaba tan bueno que no me di cuenta de nada, solo tenía ojos para el plato.

Me levanto, pago la cuenta dándole las gracias al amable camarero por el servicio y trato dado, y este amablemente me invita a volver cuando desee. La verdad es que no estuvo nada mal.

         Me dirijo hacia el hotel por el paseo, pensando en relajarme en la terraza mientras leo un poco y tomo el sol, cuando de repente me dan un empujón por la espalda y voy a dar contra el muro de un hotel, medio caído en el suelo levanto la mirada y veo como el asiático cabreado corre como un loco detrás del asiático que recibía la reprimenda. Amablemente un hombre rubio del norte me ayuda a incorporándome y en un inglés de vikingo me pregunta si estoy bien, le contesto en mi inglés castizo, que es peor que el suyo y le digo que sí. En la lejanía se ve como el perseguido se mete en un coche y sale a toda prisa, el asiático cabreado vuelve por sus pasos y con un cabreo de mil pares de narices, yo continuo camino a mi hotel y el asiático cabreado pasa a mi lado sin ni siquiera preguntarme si estoy bien, que falta de consideración, al menos los asiáticos de mi barrio en Madrid son más amables.

Continuo mi camino hacia el hotel y me doy cuenta que me sale un poco de sangre de la mano izquierda, debido al roce con el muro de piedra, al que por gracia, el resto de mis huesos no tuvieron la suerte de probar su consistencia. Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y veo que dentro de esta tengo una cinta de video y no tenía ni idea de cómo había ido a parar allí. Con el pañuelo me limpio la sangre de la mano, y empiezo a pensar como había llegado esa cinta de cámara de video a mi bolsillo. Sin duda tuvo que ser en asiático asustado de su compatriota que en la huída encontró mi bolsillo como lugar seguro para su secreto.

         Dispuesto a guardar el secreto me dirijo al hotel, aunque porqué no decirlo, mi curiosidad paso a paso iba creciendo, iba medrando dentro de mí, así que antes de llegar al hotel decido dar marcha atrás y comprar una cámara de video para poder ver lo que tenía la cinta en cuestión. ¿Sería una infidelidad? ¿Sería un trapicheo de drogas?, así que en la tienda de unos simpáticos hindúes compré una cámara de video, sin muchas cualidades, aunque ellos querían endosarme un modelo recién llegado del país de las falsificaciones, a mí con que funcione y pudiese ver el contenido de la cinta me valía. Después de pagar 180 € por la cámara y 20€ más por un cable de conexión, me dirijo ahora sí a mi habitación. El remordimiento, de meterme donde nadie me llama, empezaba a aflorar en mis pensamientos, pero la curiosidad aún era mayor a mis remordimientos.

         Cerrada con seguro la puerta de la habitación, conecto la cámara a la televisión y pongo la cinta, después darle al play y esperar cinco minutos delante de un fondo negro, decido visionar la cinta a mayor velocidad, en una fracción de segundo hubo un cambio en la imagen, así que detenidamente, segundo a segundo busco marcha atrás ese cambio, y ahí estaba, sorprendentemente era un dibujo, una especie de dragón alado. No había nada más en la cinta, y eso que le revisé detenidamente otra vez.

         Un dragón alado. Mi rápida imaginación creo ya en décimas de segundo una historia…

¿“Era el símbolo de una mafia. Pobre asiático, quería destapar la conducta delictiva de ese grupo malvado de personas…”?

Dormido, tumbado en la cama, mientras mi mente imaginaba la terrible situación del “asiático justiciero”.  (CONTINUARÁ…)

jueves, marzo 22, 2007

Una mañana más...

Una mañana más. El cenicero aún tenía caliente la última colilla. Se marchó. Pero como siempre su olor permanecía en mi cuerpo. Un olor amargo como el Gin Tónic.
Nunca pensé que me podría enganchar así. Aún no sabía que era lo que me gustaba de ella. Supongo que simplemente ella. Daba igual como fuera, daba igual que hiciera, simplemente quería tenerla para mí, para disfrutarla, para que me hiciera disfrutar.
Las noches eran duras, se hacían interminables, que decir que sin ayuda no conseguiríamos al día siguiente ponernos nuestros disfraces de trabajo.
Como cada mañana era el café el primero en acompañarme hasta mi mesa de trabajo. Allí las fotos de lo que no era, me sumergían día a día en el mundo gris de mi vida. Ese mundo real, que nos hace sufrir cada día.
Como cada tarde, la ansiedad me hacía refugiarme en ella. Me tenía a su merced, como una marioneta. Un portal oscuro, la última esquina del Pub, la parte de atrás del coche.
Todo pasaba tan rápido que la vida pasaba sin darnos cuenta. Aquellos días que pintaban bien, aprovechábamos la oportunidad como se nos brindaba, para luego todo volver a empezar.
Maria no sabe que estova a acabar. Aquellos días pasaron. Estaba dispuesto a volver a empezar. Quería salir de ese gris que me acompañaba 12 horas al día, día a día. Necesito luz todo el día. Y la luz que encuentro a las noches no llegan a brillar como yo quiero.
Mañana se lo diré. Mañana la dejaré. Mañana se acabará.
Mientras tanto la abrazaré una noche más, sólo esta noche.

lunes, diciembre 04, 2006

Sha la la...

Esa mañana mi cara no podía despegarse de la almohada. La botella de Bourbon a los pies de la mesa de noche no era una buena señal. Vacía, como esa parte de mi vida, esa parte que todos los días acababa igual.
No era fácil salir de aquel agujero, y menos teniendo una licorería a la vuelta de la esquina.
Desde fuera todo parecía normal, yo salía de mi trabajo, parábamos en el bar al lado de la oficina y tomábamos unas cervezas. A la media hora cada mochuelo a su olivo. Yo cogía la línea 2 de metro y me bajaba en la parada que durante 6 años me veía de lunes a viernes a las ocho de la tarde.
Bajaba la calle que llevaba a mi casa, y como siempre la gente apuraba las últimas compras, antes de que los comercios echaran las chapas.
Yo llegaba a mi casa, dejaba la corbata colgada en el primer pomo que encontraba, le daba al play del discman y mientras me daba una ducha escuchaba un Sha la la….

Un día más son las ocho de la mañana y después de media cafetera parece que vuelvo a ser el que todos conocen.
La línea 2 de metro está llena de gente, como todas las mañanas cada uno va en su sitio.
La chica rubia en el asiento del fondo a la derecha, el señor de la mochila verde de pie agarrando la barra o viceversa, porque cuando viene la curva en subida de cuatro caminos es difícil diferenciar quien sostiene a quien.
Mi parada. Salimos en el orden establecido desde hace tres años que compartimos vagón y horario. El de la mochila siempre delante y yo pareciendo su sombra. Siempre manteniendo las distancias, los tres metros de distancia de seguridad los respeto y no intento adelantar. Un día lo intenté y me fue imposible, parecíamos dos atletas de marcha luchando por ser campeones en llegar a la vuelta de la esquina. Después de aquel ridículo tan mañanero no pienso volver a intentarlo, aunque al cabrito de él hay días que hace el amago de ir más lento a ver si yo entro al trapo, pero ni de coña, a esas horas no estoy yo para esfuerzos.
La llegada a la oficina era como siempre, fría y silenciosa. La gente poco a poco iba apareciendo cual fantasmas entre tinieblas. Poco a poco las luces del edificio empezaban a iluminarse y todo volvía a ser como doce horas antes.
Después de un cigarro en la terraza y un vaso de café sólo no queda más remedio que empezar a trabajar. La cabeza aún está preguntándose porqué le someto a esos excesos, me recuerda cada mañana que algún día se vengará, parece que a ella no le sienta muy bien el Sha la la….

A las diez de la mañana recibo un mensaje de correo electrónico que dice lo siguiente:

“Gracias por el trabajo desempeñado en esta empresa. Está despedido. Recoja sus cosas y mañana ya no se presente en su puesto de trabajo”.
Firmado la dirección de Recursos Humanos

Con un impersonal mensaje al mail me dicen que estoy despedido después de cinco años trabajando en esa empresa.
Después de una hora de ardua discusión, más bien de desahogo delante de la cara del jefe de Recursos Humanos, abandono la empresa y ni siquiera recojo mis pertenencias. La verdad es que las cuatro cosas que tenía en mi oficina lo único que iban a provocar en mi era recordar a esos pedazo de hijos de puta desagradecidos.

A las once y media de la mañana mi cuerpo sale a la calle sin trabajo y con un dolor de cabeza provocado por el Sha la la y la excitación del momento “parado”.

Salgo del metro en la parada de Santo Domingo y sin un rumbo muy fijo empiezo a subir la calle hacia Callao.

Sin saber muy bien ni porqué entro en la FNAC y observo como la sala de lectura a las doce de la mañana está abarrotada. Gente joven, maduros, jubilados, amas de casa, chicas en edad de merecer…y un “puto parado”. Decido coger un libro de los denominados auto-ayuda y me siento al lado de un hombre que parece que está más interesado en ver las piernas de una madura talluda que en leer el libro de Pérez – Reverte que tiene en las manos.

La música que sonaba de fondo era de Cold Play, ¡Lo mejorcito que hay para levantar el ánimo! ¡Vamos no me jodas! Parecía como si me estuvieran dando golpes en la cabeza con un palo de béisbol. Entre la resaca, la excitación del despido y la voz amariconada de Chris Martin…
¡Dios!

Decido irme de ese lugar llamado a la relajación. Provocaba en mi un desasosiego tal, casi superior a ver a la presidenta del Gobierno en el telediario. Que por cierto a la muy hija de puta ya le vale… estoy hasta las pelotas de que los políticos nos den lecciones de moralidad, lecciones sobre salud, lecciones sobre medio ambiente, a ver quien de una puta vez les da lecciones de honestidad y honradez, ¡que nos dejen vivir nuestra vida que no es poco y que ellos y sus circunstancias se vayan al carajo!

Después de salir de la puerta de la FNAC maldiciendo a los políticos, vuelvo a la calle y vuelvo a cagarme en los políticos. ¿Por qué? Pues porque empezaba a llover y yo sin paraguas. Desde que esa mujer está de Presidenta del Gobierno en mi vida solo pasan desgracias.
Ahora que recuerdo, el día que ganó las elecciones yo salía del Honky Tonk con una borrachera del quince, la rubia que iba a mi lado también iba bien colocadita, no se como carajo una pandilla de niñatos empezaron a zarandearnos gritando el nombre de la Presidenta, estaban celebrando su victoria, a rubia que me acompañaba dijo algo relativo a la madre de la Presidenta y de ahí me desperté en el Gregorio Marañón en un box de urgencias. Un policía muy amable me preguntaba que recordaba de esa noche, sinceramente, poco, recordaba muy poco, la rubia, los niñatos y poco más.
La enfermera me dijo que tendría dolor muscular durante unos días y me dio unos calmantes. Eso con el Bourbon era mano de santo…
A la rubia nunca más la volví a ver, pero a la cabrona de la Presidenta la tengo que aguantar todos los putos días y a todas putas horas en los medios de comunicación. Porqué no se dedicará a trabajar, en vez de andar de medio en medio como si fuera una folclórica venida a menos.

Paseando por la calle Preciados me doy cuenta de que cada vez más gente intenta vender cosas. Te abordan constantemente ofreciéndote un sin fin de falsificaciones. Falsificaciones que por otra parte bien parecen Verificaciones, dado que a simple vista no se notan las diferencias.
Una vez delante de la Puerta del Sol me dirijo a ver si aún sigue existiendo la placa que recordaba el Punto Cero de todas las carreteras nacionales.

Otra vez en el hospital. Otra vez un policía viendo como recobro el sentido. No sé ni que a que día estamos y el cumplido oficial pretende que le diga si recuerdo algo del accidente.

- Mire agente, no quiero ser descortés, pero por favor, no ve que estoy echo una puta mierda. Por favor, por favor, solo un poquito de tranquilidad…
- ¿Por cierto agente? ¿Que ha pasado?

El cabrón se encoge de hombros y sale cerrando la puerta. A los diez segundos, o quizás menos, o quizás más, suenan unos nudillos en la madera de la puerta. La puerta se abre y un ángel vestido de enfermera se dirige sonriente hacia mí. Lo de “ángel” no es porque su belleza, que carecía de ella, sino por la jeringuilla llenita de calmantes que empezó a poner en el gotero.
Antes de volver a mi sueño, le pregunto a la enfermera si sabe como había llegado hasta allí. Ella entre risas, creo que me estaban haciendo efecto los calmantes porque yo no le veía la gracia, me cuenta que había sido atropellado por un taxista. El taxista estaba muy preocupado por mi estado y que cuando estuviera recuperado se acercaría a visitarme.
Joder, atropellado por un taxista temerario, el cabrón debía de ir a toda hostia, a juicio del estado en que me encontraba.

Han pasado quince días y me dan el alta.

De nuevo en mi casa. El cabrón del taxista estaba tan arrepentido porque no tenía ni licencia, ni seguro. Así que venía de vez en cuando a convencerme que no lo denunciara, que tenía una familia que mantener y que iba a ser de él.
Al final lo denuncié. Puestos a dar lástima mi vida está más jodida que la de él. Y yo no voy atropellando a ciudadanos con problemas por el mundo.

Esta puta ciudad se está poniendo insoportable, inhumana e impersonal.

Poco a poco me voy recuperando del accidente y decido emprender el amargo y largo camino por el mundo de la Seguridad Social. Mi intención era intentar conseguir una incapacidad.
Los informes médicos, legales, decían que había perdido un 60% de movilidad en la pierna derecha, un 85% en un hombro y un 30% de oído. Vamos que el que me viera andar pensaría que era un “zombi” del Thriller de Michael Jackson.
Yo creo que lo del oído ya lo tenía de estar tantas noches metido en garitos inmundos, lo raro es que no haya perdido nada de voz, porque había sitios donde ni a gritos conseguía uno comunicarse, eso sí, ¡siempre quedaba el sentido del tacto!

Voy con mi carpetilla llena de papelotes, o bien llamados informes médicos, un carro lleno de paciencia y me pongo a hacer cola delante de la ventanilla de prestaciones de la oficina de la Seguridad Social de mi barrio. Después de más de una hora esperando mi ánimo aún estaba intacto ya que aquello era un ir y venir de gente con todo tipo de “taras”…la verdad me entretenía aquellos movimientos “migratorios” y porque no decirlo, había una tía en la mesa número 4 que me estaba poniendo a mil.
Por desgracia a mi me tocó lidiar con un señor bajito, calvito y un poco regordete. Eso sí era un señor muy simpático, seguro que mucho más que la pedazo de diosa del olimpo que ocupaba la mesa 4. Pero me tenía que conformar con hablar con su compañero.
Al final, después de tanto tiempo, me dan un número de teléfono para que pida cita para una revisión médica de capacitación. Otro número de teléfono era el que yo quería, pero que se le va hacer, “las diosas del olimpo” nunca fueron mi especialidad.
Un día más perdido y un día menos para una incapacitación de la Seguridad Social, todo parecía que iba por buen camino.

Me levanto de la siesta con una cantidad de positivismo neuronal elevado, muy elevado, así que con esa elevación me doy una ducha y escucho un Sha la la…


Son las cuatro de la tarde. Parece que la noche anterior fue larga y dura. Menos mal que mi solicitud de incapacidad va lenta pero segura, o eso creo.
Poco a poco vuelve a mi la cordura, y empiezo a recordar que la noche anterior había quedado con un tipo esta tarde a las seis, en la plaza de Cascorro.
Recuerdo que me dijo que era el primo de Juan, el conserje de un edificio donde trabajaba antiguamente el primo de un antiguo compañero de trabajo. ¡Joder! El mundo es un pañuelo.
Estaba totalmente decidido a no acudir a la cita, pero el susodicho individuo me manda un mensaje al móvil diciéndome que si aún estaba interesado en el asunto.
La verdad es que poco recordaba yo de la conversación de la noche anterior, ¡joder! ¡No puedo beber!, se me va la pelota.
Medio sin saber lo que me iba a encontrar ni a quien carajo tenía que buscar llego a la entrada de la plaza y me pongo en una esquina a observar el panorama.
Por la espalda, pero sin traición, aparece el individuo, del cual no hace falta que diga que no recuerdo su nombre, con la “diosa del olimpo”. Joder que pequeño es el mundo.
Nos vamos a una cafetería a tomar algo, y yo entre la resaca, el mal cuerpo y el número infinito de curvas que estaba recorriendo mi mente por el cuerpo de la diosa, me empezó todo a dar vueltas, y más vueltas, que pasó algo impropio de mi persona a esas horas. El individuo acabó con 20€ de mi cartera en sus manos para pagar los gastos de la tintorería, con lo cual tuvimos que aplazar la cita y la conversación para otra ocasión. Por supuesto la “diosa del olimpo” no se quedó conmigo, eso sólo pasa en las películas.

Después de cinco meses de espera y unos cuantos Sha la las, mi situación poco ha variado, sigo cojo, medio sordo y algo torpe de manos, no obstante por lo demás, todo sigue igual. El individuo me ha zumbado 3000€ y estos no eran para tintorerías, eran para pagar los nuevos genitales de la “diosa del olimpo” ya que no era tanta “diosa”, más bien era un pedazo “dios griego”…
La incapacidad está autorizada, solo falta que me ingresen el dinero en el banco, mi vida tiene que tomar un nuevo rumbo, porque ahora que no trabajo, todos los días son Sha la las… y esto no puede ser.
Ayer pasé por delante de una agencia de viajes, entré un momento y después de que me despachara un muchacho muy simpático salí de allí cargado como una burra de catálogos de cruceros, spa´s, paradores, balnearios, clubes de gol, etc.…
No tenía muy claro lo que iba a hacer con todo ese montón de catálogos, pero lo mínimo que podía hacer era ya que los tenía leerlos.
Estaba pasando poco a poco las páginas, mientras en la puta televisión no ponían nada, cuando mi mirada se paró en la foto estupenda de una chica morena con las manos tapándose los senos que me miraba de forma un poco descarada para no conocernos de nada.
Mañana mismo me presento en la agencia de viajes y compró un viaje a una playita tranquila a ver si encuentro a una chica como la de la foto.

Pero no. De camino a la agencia de viajes me encuentro con una antigua “amiga”, mejor dicho, rollete de verano, de hace muchos veranos, de esos veranos en los que la tableta de chocolate aún no se había convertido en morcilla de Burgos.
Como hacía tiempo que no la veía, y ella parecía que tenía predisposición nos fuimos a tomar un café, del café al colchón y ¿en el colchón?... “polvorón”.

Mi vida no tiene sentido y creo que nunca lo tendrá. No sé como soy, no sé quien soy, no sé si realmente existo, sé que poco a poco va pasando el tiempo y yo sigo sumergido en mi Sha la la…

domingo, octubre 22, 2006

GRACIAS A UN DESPISTE

Seis de la mañana, suena el despertador. Como un día más, medio adormilada, mi cuerpo se introduce en la ducha, el resultado hoy es parecido al de todos los días. Una cara de sueño con esos pelos que se dejan caer delante de mi mirada.Estoy ya algo cansada de ver siempre esos rizos aleatorios delante de mi cara.Después de un breve desayuno, el tiempo aprieta, me dirijo al garaje a coger el coche para ir a mi trabajo. Salgo por la inclinada rampa que conduce a la realidad y comienza ese peregrinar multitudinario de gente. Gente que viaja con cuatro lucecitas puestas, dos delante y dos detrás de color rojo, por lo intempestivo de la hora.Paradas en los semáforos, retenciones a la entrada de la SE-30. RutinaLa verdad es que todas las mañanas son iguales, son las mismas, a los lados de la autopista el sol empieza a iluminar los campos de algodón.Las últimas luces artificiales se apagan y dejan paso a la natural.Mis pensamientos como todos los días están perdidos en cual será la próxima historia que voy a escribir. Hasta que delante de mí un camión aminora la marcha sin motivo aparente, pongo el intermitente y…
Cinco de la tarde, han pasado dos días, abro los ojos y me rodean un montón de cables y monitores. Sin duda estoy en el hospital. No hace falta ser muy lista para darse cuenta de eso. Intento mover mi cuerpo y me duele, poco, pero me duele. Noto las piernas, las manos, los dedos, vamos que lo noto todo.Empiezo a pensar en lo que pasó para situarme en esta nueva situación. Joder, como hecho de menos el “puto” móvil.Miro hacia la derecha y veo una ventana, detrás de la cual están mis padres y hermanos, haciendo gestos, señales…joder que ridículo están haciendo, les levanto el pulgar como diciendo que todo está bien, y pienso en lo ridículo de mi, lisiada entera y diciendo que todo va bien, si sólo con verme seguro que doy pena…
Seis de la mañana, después de un año y nueve días vuelvo a la rutina. Salgo de la ducha, limpio el vaho que hay en el espejo y veo la misma cara que veía antes del accidente, sólo una pequeña cicatriz en la ceja derecha, que hasta me realza ese aire underground que poseo.Desayuno con un poco más de tranquilidad de cómo lo hacía antes, y después de bajar al garaje allí está, el coche. A simple vista está como siempre, me contaron que no valía para nada, pero yo quería ese coche.La SE-30 sigue con el mismo tráfico. Los campos de algodón…Los campos de algodón serán otro día. A la altura de la Avenida de las Palmeras me salgo de la SE-30 me voy al centro de Sevilla, a disfrutar de la ciudad.Son las seis de la tarde y vuelvo a casa, me siento en el coche y me miro al retrovisor.Joder que guapa estoy. Mis rizos se quedaron en el suelo de la peluquería, los he cambiado por un tono cereza y destellos azules. Pelo corto, ¡que cómodo!Y mañana si tal me voy al trabajo, hoy necesitaba ser realmente yo, ser aquella chica que casi se queda dentro de mí en la carretera por culpa de un despiste.

jueves, agosto 31, 2006

TAMBORES





















"TAMBORES"Oleo sobre lienzo



TAMBORES


Tambores que suenan, sonido que en tiempos era de alegría, tambores utilizados en celebraciones, melodías alegres que una vez llegan a la costa se transforman en campanas, campanas como las de Rosalía.
Sonido que se pierde en el océano, a la costa llega alguna nota de desesperación, como un mensaje dentro de una botella, al que por desgracia no damos contestación.
Mientras tanto la vida sigue, planificamos el futuro y no tenemos en cuenta esos tambores de auxilio.
Esos tambores en su tierra sonarían a felicidad, a vitalidad, y una vez que salen de su casa, de su gente, toda esa desesperación por seguir en este mundo, con toda esa voluntad, convierten su sonido en un canto desesperado que apenas se hace escuchar.
Tambores que suenan, tambores que lloran y que solo quieren algún día volver a bailar.

CHUPETES DE COLORES



----------------------------------------------------------------------------------

lunes, agosto 21, 2006

CHUPETES DE COLORES

Cuando se es niño se tienen muchas manías, muchos vicios, muchos sueños, y muchos antojos. Los niños, siempre han sabido explotar su capacidad teatral en los momentos más oportunos. Sacan toda su vena interpretativa en el momento justo.
Los abuelos, los padrinos, los tíos, son, por poner un ejemplo, los espectadores privilegiados a la hora de ver, a esa "cosita", en acción.
Calificaría de innatas esas cualidades interpretativas, ante las cuales bajamos la guardia y caemos en la trampa.
Yo también he sido niño y sé perfectamente de lo que estoy hablando. Puede que ahora los estilos de interpretación hayan cambiado, pero el resultado es el mismo.
Ahora bien, cada niño tiene su objetivo y sus prioridades. Nadie podrá negar, que un suculento paquete de gusanitos en compañía de tus abuelos no es un buen motivo para una interpretación. Otros representarían su mejor papel por un huevo de chocolate, otros por una piruleta, ...
Yo, tenía una debilidad, sí lo reconozco, no era otra que los chupetes. Mi madre o quien fuera, me metía en una farmacia, ya que antiguamente era el único sitio donde los vendían, y como yo viera un chupete, ese diablillo interpretativo brotaba dentro de mí. La verdad es que no era una interpretación al uso. Empezaba con un tartamudeo, como si no me llegase el aire a los pulmones, y poco a poco las lágrimas empezaban a deslizarse por mis mejillas, mientras, mi dedo acusador, señalaba la estantería de los chupetes. A veces introducía variaciones en el método, eso sí, siempre intentando no hacerlo monótono, y porque no decirlo, regodeándome en el papel, como si buscase la perfección. La única opción para parar mi torrente interpretativo era un chupete nuevo, pero había una condición... nunca podía repetirse el color del chupete. Nunca.
No estoy casado, como podrán entender, eso sí, lo intenté. Pero de mayor, la obsesión derivó en el cuerpo carnal, y la fidelidad era incompatible con mi vida. Era tener una mujer delante y desear sus pezones. Y como con los chupetes, me gustaban de todos los colores. Nunca repetí ninguno.
De mi infancia aún guardo los chupetes, pero ahora me tengo que conformar con la memoria.
Se preguntarán ustedes como recuerdo esos momentos, ya que era un niño de corta edad, estamos hablando de poco menos de dos años, recuerda con tanta claridad esa etapa de su vida. Bien sencillo, los chupetes de colores han marcado mi vida.
Llevo 45 años en este mundo, he recorrido muchos países, varios continentes, y siempre allá donde voy es gracias a los chupetes de colores. Como decirlo, soy un catador de chupetes. Mi paladar está tan familiarizado con el objeto, que he hecho de mi afición, una forma de vida, mi vida. ¿Curioso? ¿extraño? ¿peculiar?, califíquenlo como quieran. Pero es real.
Si todo el mundo diera rienda suelta a sus deseos, ¿algo cambiaría?...Sí. El mundo cambiaría.
Seguimos actuando, seguimos interpretando, es lo que mejor sabemos hacer, lo hacemos desde que nacemos. Todos estamos representando, al menos, un papel en el día a día, con el objetivo de conseguir lo que queremos. Que hay de malo que un niño desde que nace intente vivir su vida como él quiera.
Ojalá todos estuviésemos aún representando nuestros papeles de niños. Que mundo más mágico, huevos de chocolate, castillos de regaliz, pasteles de gusanitos, etc...
¿Mi mundo? Chupetes de colores

miércoles, julio 26, 2006

CAMINOS

CAMINO




"Camino" (Oleo sobre lienzo)


CAMINO

Camino de obligado recorrido.
Recorrido lleno de tristezas, fracasos, desengaños y temores.
Temores, desengaños, fracasos y tristezas provocadas por coger caminos que llevaron a este punto.
Punto en el que todos los caminos se han juntado y dejan paso a uno nuevo que hay que recorrer.
Ante las puertas de este camino los miedos vuelven a aparecer.
Aparecen y se hacen visibles a nuestros pies.
Pies encargados de caminar y llegar al final de este camino que se nos antoja complicado.
Pero al final de este camino habrá otro y luego otro y otro más…
De este poco sabemos, desconocemos lo que nos deparará el recorrido.
Recorridos de los caminos que vendrán también los desconocemos.
Lo único que sabemos de todos los caminos, los pasados, los que vendrán y el que ahora tenemos que recorrer, lo único que sabemos es que todos están bajo el mismo cielo, ese cielo azul que da luz e ilumina nuestro recorrido.

Chupetes de Colores