EL VIAJE
A la salida del trabajo no tenía ni idea de que era lo que iba a hacer esa tarde. Era una simple tarde más, era miércoles, era a primeros de junio, el verano dejaba ya ver sus intenciones y en la ciudad pocos eran ya los que iban de manga larga. Las jóvenes dejaban al descubierto sus piercings y los jóvenes dejaban al descubierto sus miradas lascivas.
Salgo como siempre de mi oficina en un edificio del centro de la capital y me dirijo como siempre hacia la boca del metro. Dentro del metro, que quieren que les cuente, lo de siempre, caras largas, gente, caras de cansancio, más gente, cada uno a su aire y pensando en sus cosas, unos dormían, otros leían, gente, como tú y como yo, en su mundo, vuelven a la realidad cuando llega su parada. Mientras llega la mía empiezo a barajar la posibilidad de irme de viaje por unos días.
No estaría nada mal - pienso- además podría irme a un sitio tranquilo a relajarme y a leer esos libros que me regalaron que aún tengo pendientes desde reyes. Podría esta misma tarde mirar en internet a ver que ofertas encuentro.
De vuelta a la realidad, llega mi parada, Noviciado, como siempre salgo por la misma puerta, salida a la calle Pez, siempre me encuentro con el mismo vendedor ambulante con esos horrorosos calcetines de lana en la mano, intentando colocárselos a alguien, ¿no se dará cuenta que no se llevan? ¿No se dará cuenta que estamos en Junio?
¿Refrescar? ¿Que aún puede refrescar? - le decía el infatigable vendedor a un ingrato transeúnte-
Algún día puede que refresque, pero alguien que se ponga eso en esta época...pocos, muy pocos - le contesté al cuello de mi camisa.
Sigo camino. Mi casa está justo delante de una librería especializada en viajes, así que me paro delante del escaparate a ver si me viene alguna idea. Viendo las fotos, mapas, guías y demás cosas del mundo de la aventura me doy cuenta que hay un montón de sitios a donde ir y muchísimas cosas que hacer, pero no es mi caso, no tengo ni tanto ni tiempo y ni por supuesto tanto dinero. Así que me subo a mi casa y allí buscaré algo en internet que sea baratito y curiosito.
Viernes. Siete de la mañana, mi cuerpo aún desperezándose se encuentra inmerso en una cola de facturación en el aeropuerto Madrid - Barajas. Pero antes de coger el vuelo que sale a las 08:00 AM tengo que hacer una llamada a mi oficina.
- ¿Buenos días? ¿quien eres?
Al otro lado del teléfono estaba mi jefe, el Sr. D. "Manías", evito su nombre para que no se pueda sentir ofendido si algún día lee esto. Después de cinco minutos de explicaciones cuelgo el teléfono, justo antes de que me tocara el turno para facturar. ¿La excusa? lo primero que se me vino a la cabeza. Que una antigua novia había tenido un hijo y que me reclamaba una prueba de paternidad, y como yo no quería que esto se supiera iba a realizármela antes de que me denunciara al juzgado, eso sí le apelé a la absoluta y total discreción de D. "Manías".
Dos de la tarde después de un par de horas de retraso en el vuelo por fin llego a mi destino. El día era soleado y corría una brisa encantadora. Las azafatas del vuelo se quedaban mirando con cara de envidia el paisaje, ellas iban de vuelta a la capital.
El mar estaba a los pies del aeropuerto y durante todo el camino en taxi hasta el hotel se veía el mar. El paisaje era totalmente desértico, salvo por algunas palmeras que flanqueaban la carretera lo demás era tierra árida, tierra volcánica.
El hotel era nuevo, era una nueva concepción minimalista de hospedería. Recién inaugurado, no había mostradores en la recepción, todo era por medio de pantallas táctiles y tu mismo te tenías que hacer el registro. Cuando por fin termino de hacer el registro, ya que me había equivocado en unos pasos y tuve que volver a empezar un par de veces, me sale la tarjeta magnética y me dispongo a ir a mi habitación. Por internet había reservado una pequeña pero acogedora habitación con una pequeña terracita que dejaba ver una vista espectacular, un pequeño islote en el horizonte. De camino a la habitación me encontré a un hombre extraño, cuando vio que me dirigía en su dirección intentó esquivarme, pero como le fue imposible se puso a toser y con su mano se tapó medio rostro. ¿Me conocía? ¿Lo conocía yo? Sin darle más importancia al encuentro abro la puerta de mi habitación y efectivamente estaba todo como había visto en internet. Tonos color garbanzo, una cama pequeña, un discreto armario empotrado, una pequeña ventana a media altura por donde entraba la luz y lo mejor de todo el baño. El baño tenía un yacuzzi delante de un ventanal, al otro lado del ventanal la pequeña terraza con una hamaca de madera para tomar el sol o ver las estrellas. Las vistas eran las mismas que se veían desde la Web. Vamos tal y como estaba anunciado. Con el tiempo me enteré que cuando haces la reserva por la Web, las fotos que salen son las habitaciones originales, así siempre reservas directamente la habitación que quieres, pero eso es otra historia.
Después de deshacer el equipaje no resistí la tentación de probar ese tremendo yacuzzi y desde ahí poder observar al paisaje, lo curioso es que los cristales de la terraza eran de estos que tu ves pero a ti no te ven (es que no se el nombre técnico).
Eso era lo que realmente buscaba relajación y silencio. Paz y tranquilidad, era un buen momento para intentar acabar de escribir esa larga y vieja historia que había empezado hace ya muchos años. De pequeño mi abuelo me decía que un hombre para sentirse realizado tenía que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Lo primero, lo hice cuando iba a la escuela, como casi todo el mundo durante una excursión a una montaña celebrando el día del árbol. Lo segundo, se había empezado hace unos años, pero sea por falta de interés de la historia, por falta de tiempo y por falta de ganas se había quedado en el olvido, ahora era un buen momento para continuarla o empezar una nueva, ya que siempre me había gustado escribir. Lo tercero, por lo de ahora si no tenía pareja era casi imposible, aunque a mi jefe le hiciese ver lo contrario y gracias a eso aquí estoy. Pero bueno lo importante era poder disfrutar de esa soledad y ese "no se qué, que andaba buscando".
Mientras disfrutaba de ese merecido y relajante baño, empiezo a organizar mentalmente mi estancia en la isla durante esos días. Un fin de semana no da para mucho, pero estaba dispuesto a disfrutar de ese tiempo, estaba dispuesto a disfrutar de ese viaje hasta el último segundo, me lo merecía, llevaba una mala racha sentimental, personal y laboral. Todo venía provocado por la falta de motivación laboral, al ver como no se apreciaba mi trabajo y todo eso influía en mi estado de ánimo. Desconectar de toda esa mierda era la mejor forma de intentar poner a cero el contador emocional que está dentro de mi cabeza.
El baño me sentó de maravilla, el agua calentita, las burbujas, las vistas, todo era perfecto. Así que decido que para celebrarlo, que mejor que salir a tomar una cervecita en una terracita con algo para llenar mi ya vacío estómago, llevaba desde el aeropuerto sin probar bocado y ya me iba pidiendo algo sólido el cuerpo.
El hotel era muy moderno estaba muy bien, pero tanta frialdad en la recepción era algo que no me esperaba, solo esas pantallas táctiles para registrarte, realmente era tranquilo, demasiado tranquilo, tan tranquilo que daba casi miedo quedarse en el hall mucho tiempo, ese espacio tan frío, tan grande, parecía un gran quirófano de hospital con esos focos en los altos techos, y ni tan solo una planta de decoración. En fin, ellos vendían tranquilidad y de eso si que había, demasiado.
Salgo de mi hotel y enfrente de la entrada tengo un camino de guijarros que conduce hacia un mirador, el mirador está situado en una parte del paseo marítimo del pueblo, enfrente del mirador está el amplio Océano Atlántico, dejando ver en su horizonte la silueta de un islote, a la izquierda el paseo se dirige a varios hoteles, urbanizaciones y a la entrada de un parque natural, yo tomo camino a la derecha que es donde está el pueblo, y donde el paseo marítimo toma vida, lleno de tiendas, cafeterías, restaurantes y vendedores ambulantes.
Me siento en la terraza de una cafetería y me pido una cerveza bien fría y unas papas con mojo. Me doy cuenta que aquí la actitud de la gente es totalmente distinta, aquí todo el mundo está olvidando sus problemas diarios, o eso parece, me encanta, hace que me olvide aún más de lo que he dejado atrás tan solo hace unas horas. Mientras disfruto de mi cervecita y mi tapita, me distraigo, como quien no quiere la cosa, viendo como la gente pasea, charla, disfrutan del lugar, la verdad es que es un lugar para disfrutar.
Acabada mi cervecita y mi tapita le digo al camarero que me cobre y que me recomiende un sitio a donde ir. Me dice que si dispongo de vehículo y le digo que no, así que me dice que cualquiera de los locales del paseo marítimo está bien. Agradezco su consejo y mientras paseo voy observando los locales y cuales son sus especialidades. Para ser sinceros creo que en el que me tomé la cerveza era uno de los que mejor pinta tenía, pero por no volver a ir al mismo sitio, decido sentarme en otra terraza, esta un poco más descuidada en su mantenimiento, y espero que no por el servicio.
Me atiende un señor mayor, de unos 55 años y dándome la bienvenida y agradeciéndome la elección del local me recomienda una serie de pescados de la zona que no duda en recitar en tono musical. Me decido por uno que parece que es bien rico que se llama “vieja”, y mientras espero tomando otra cerveza, observo como en la tienda de al lado un hombre de rasgos asiáticos discute apasionadamente con otra persona de su misma raza. No hace falta decir que no me entero de nada, pero lo que me sorprende es que es la primera vez que veo a una persona de esa comunidad discutir en público. En Madrid hay mucha comunidad asiática y son muy reservados, nunca levantan el tono de voz, al menos en público. De ahí mi sorpresa. La gente que pasaba por delante no prestaba mucha atención. La tienda era de fotografía digital y por lo que parecía algo tenía que ver con una cámara de video que este hombre portaba en su mano derecha, ya que no paraba de enseñársela a su compatriota y el reprochado se encogía de hombros y agachaba la cabeza como recibiendo sin discusión tremenda reprimenda en público.
El camarero me trae un aperitivo mientras esperaba por el pescado y amablemente le pido otra cerveza, al mismo tiempo que le comento desinteresadamente el incidente de los asiáticos. Seria su contestación, “no preste atención, no merece la pena, no son de fiar, mejor que no los mire, no vaya a ser que se sientan ofendidos”. En realidad sólo el que estaba apesadumbrado sabía que lo estaba mirando, ya que el que estaba alterado estaba de espaldas y no podía verme. Por fin viene mi comida y me centro en ese pescado de color negro en la piel, pero delicioso en el paladar.
Cuando hube terminado con la comida, me pido un café y comienzo a retomar la vista en el paseo, los asiáticos ya habían terminado su espectáculo y yo sin ver el final, la verdad es que tenía tanta hambre y estaba tan bueno que no me di cuenta de nada, solo tenía ojos para el plato.
Me levanto, pago la cuenta dándole las gracias al amable camarero por el servicio y trato dado, y este amablemente me invita a volver cuando desee. La verdad es que no estuvo nada mal.
Me dirijo hacia el hotel por el paseo, pensando en relajarme en la terraza mientras leo un poco y tomo el sol, cuando de repente me dan un empujón por la espalda y voy a dar contra el muro de un hotel, medio caído en el suelo levanto la mirada y veo como el asiático cabreado corre como un loco detrás del asiático que recibía la reprimenda. Amablemente un hombre rubio del norte me ayuda a incorporándome y en un inglés de vikingo me pregunta si estoy bien, le contesto en mi inglés castizo, que es peor que el suyo y le digo que sí. En la lejanía se ve como el perseguido se mete en un coche y sale a toda prisa, el asiático cabreado vuelve por sus pasos y con un cabreo de mil pares de narices, yo continuo camino a mi hotel y el asiático cabreado pasa a mi lado sin ni siquiera preguntarme si estoy bien, que falta de consideración, al menos los asiáticos de mi barrio en Madrid son más amables.
Continuo mi camino hacia el hotel y me doy cuenta que me sale un poco de sangre de la mano izquierda, debido al roce con el muro de piedra, al que por gracia, el resto de mis huesos no tuvieron la suerte de probar su consistencia. Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y veo que dentro de esta tengo una cinta de video y no tenía ni idea de cómo había ido a parar allí. Con el pañuelo me limpio la sangre de la mano, y empiezo a pensar como había llegado esa cinta de cámara de video a mi bolsillo. Sin duda tuvo que ser en asiático asustado de su compatriota que en la huída encontró mi bolsillo como lugar seguro para su secreto.
Dispuesto a guardar el secreto me dirijo al hotel, aunque porqué no decirlo, mi curiosidad paso a paso iba creciendo, iba medrando dentro de mí, así que antes de llegar al hotel decido dar marcha atrás y comprar una cámara de video para poder ver lo que tenía la cinta en cuestión. ¿Sería una infidelidad? ¿Sería un trapicheo de drogas?, así que en la tienda de unos simpáticos hindúes compré una cámara de video, sin muchas cualidades, aunque ellos querían endosarme un modelo recién llegado del país de las falsificaciones, a mí con que funcione y pudiese ver el contenido de la cinta me valía. Después de pagar 180 € por la cámara y 20€ más por un cable de conexión, me dirijo ahora sí a mi habitación. El remordimiento, de meterme donde nadie me llama, empezaba a aflorar en mis pensamientos, pero la curiosidad aún era mayor a mis remordimientos.
Cerrada con seguro la puerta de la habitación, conecto la cámara a la televisión y pongo la cinta, después darle al play y esperar cinco minutos delante de un fondo negro, decido visionar la cinta a mayor velocidad, en una fracción de segundo hubo un cambio en la imagen, así que detenidamente, segundo a segundo busco marcha atrás ese cambio, y ahí estaba, sorprendentemente era un dibujo, una especie de dragón alado. No había nada más en la cinta, y eso que le revisé detenidamente otra vez.
Un dragón alado. Mi rápida imaginación creo ya en décimas de segundo una historia…
¿“Era el símbolo de una mafia. Pobre asiático, quería destapar la conducta delictiva de ese grupo malvado de personas…”?
Dormido, tumbado en la cama, mientras mi mente imaginaba la terrible situación del “asiático justiciero”. (CONTINUARÁ…)


